domingo, 27 de noviembre de 2016

Nos vemos en el infierno

Nos vemos en el infierno

Si es verdad que allí “viven” los que insurgieron con sus letras y sus actos, mundos más rebeldes, páginas más fascinantes y países más igualitarios, entonces debe haber muy pocas cosas interesantes por visitar en el compasivo y enmermelado paraíso del Señor nuestro Dios


Mauricio Rodríguez Amaya

Tengo muchas sospechas sobre ese cuento de la vida eterna en un paraíso de leche y miel; pero si eso es así, y uno tiene que seguir viviendo después de la muerte, quiero estar donde habita Berta Cáceres, Fidel Castro, Gabo Marquez, Hugo Chávez, Eduardo Galeano, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, María Cano y Ana Frank. Este mundo es muy aburrido sin ellos y sin ellas; y me imagino que donde anden, las cosas tienen los colores de la vida, la alegría incansable de los luchadores y la virulenta crítica de los que no comieron entero en este mundo de miserias a crédito. 


El cristianismo nos enseñó, esa extraña división del mundo social, entre buenos, malos y casi malos; Dante Alighieri, al perecer el único testigo presencial de la división interna del infierno, graficó hace varios siglos cómo funcionaba la cosa; entre más pecadores los pecadores, más cerca de Lucifer. Parece que al Viejo grande de cornudas frontis, no le gusta estar muy lejos de los más peligrosos. Claro que hay que decir, que la obra más importante de la literatura italiana (para ellos) fue construida con los parámetros de la racionalidad cartesiana y tomista, que extrapoló las realidades del mundo de los mortales para intentar construir una descripción, más o menos verosímil del infierno. Esa cosa de los círculos concéntricos alrededor de lucifer, que nunca se mueve de su centralidad, todavía no alcanza a convencerme; el demonio debe ser un poco más astuto, con tanta gente ingeniosa que llega cada día buscando morada entre sus huestes, como para quedarse todos los días mirando exactamente al mismo punto. Además, en la cultura Muisca, aprendimos que la muerte es un viaje, bueno y  malo, pero en todo caso, solo eso, un viaje. Así que pensar que te mueres, no para viajar sino para quedarte en el mismo círculo concéntrico per saecula saeculorum, no me deja de producir sospechas. 

Aun así, si el infierno de Dante y de Tomás son ciertos, si los fuegos y las pailas y las chacras y las lepras son ciertas, y es cierto el aceite irritante y el llanto eterno, creo que me gustaría conocer algunos de los círculos concéntricos donde habita tanta gente interesante. Si es cierto, como dicen, que en el infierno habitan quienes se atrevieron a enfrentar la sacrosanta modernidad, capitalista, colonialista y machista, si es verdad que allí “viven” los que insurgieron con sus letras y sus actos, mundos más rebeldes, páginas más fascinantes y países más igualitarios, entonces debe haber muy pocas cosas interesantes por visitar en el compasivo y enmermelado paraíso del Señor nuestro Dios. Los gigantes están en otro lado; las magas y las brujas magníficas y eternas están donde deben estar y ahí es precisamente donde hay que ir, en el primer viaje que me permitan  hacer mis abuelos Muiscas. 

Seguramente tendré que encontrarme con seres despreciables que han curtido de miseria el mundo, que han hecho de la muerte su estandarte y que han mancillado la dignidad de millones de personas. Veré muchos pecadores virtuosos, de esos que no quisieron pecar y que en pecado murieron; esos que están lejos, en el limbo, de las garras mortales del demonio. Los pusilánimes, los indecisos, los incrédulos, por ahí pasaré rápido, para que no me contagien sus indecisiones. Me quedaré un rato entre las lujuriosas, disfrutaré sus huesos, amaré sus pasiones, dejaré que sus cuerpos descompuestos y sucios me consuman un poco, a fuego lento;  disfrutaré las viandas podridas que celosamente ofrezcan los glotones, y me cuidaré de la ira infernal de los coléricos. Y sin duda, sin ninguna duda, pasaré una larga temporada entre los necios, los irreductibles.



Quiero imaginarme una noche de ron y de cervezas, con Fidel, el Che y Simone de Beauvoir; entre el estilo picaresco del Comandante Chávez, y la gramática perfecta de Lucila Godoy; disfrutar de la insidiosa elocuencia de don José  María Vargas Vila, la épica mundana de Miguel Hernández y la paciente literatura profunda de Eduardo Galeano; gozar el donaire abnegado de María Cano y la destemplada hermosura de Frida Kalho; escuchar las alucinante sensatez de Sartre y dejar que la locura de Antonin Artaud controle el universo;  aprender a distinguir lo real maravillo de Gabriel García Márquez y la maravillosa realidad de José Saramago. Dejarme tentar por un trago de aguardiente con Jaime Pardo y saldar la cuenta que dejó por pagar Guadalupe Salcedo la noche negra en que lo asesinaron. Bailar con Maya mientras canta Celia, brindar con millones de desconocidos, reírnos de nuestra triste realidad latinoamericana y llorar otra vez, por los que no alcanzaron a llegar a ese maravilloso circulo 6, que es la casa final de los herejes.

Aún hay muchas cosas por hacer aquí y sobre todo, un mundo por cambiar. Quizás ese viaje deba esperar un poco, no sabemos; pero cuando venga, que sea para compartir con tantos hombres y tantas mujeres que quise y quiero conocer en este mundo, donde fueron marginados, perseguidos, olvidados, pero que sin duda, tendrán su segunda oportunidad bajo la tierra. 


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miércoles, 19 de octubre de 2016

Quién Ganó con el NO? El Fascismo Social

Quién Ganó con el NO? El Fascismo Social

Esta nota no es un balance más sobre las causas del triunfo del No en las elecciones plebiscitarias del 2 de Octubre, con las que Colombia anhelaba salir definitivamente de la Guerra, sino más bien, una alerta sobre lo que se cocina en los púlpitos, en los cultos y en los comedores de un grupo dirigente que promueve el fascismo como mecanismo de ascenso al poder.




Mauricio Rodríguez Amaya


En una época plagada de incertidumbres, marcada por la precariedad del trabajo, el vaciamiento de la democracia, el surgimiento de nuevos enemigos,  la  pauperización del pensamiento, y  la banalización del espíritu, resurgen los fascismos sociales como mecanismos para dar respuestas rápidas a problemas complejos; los fascismos sociales son arquetipos de justificación de la violencia contra el otro, contra el diferente, contra el oprimido.  Esta nota no es un balance más sobre las causas del triunfo del No en las elecciones plebiscitarias del 2 de Octubre, con las que Colombia anhelaba salir definitivamente de la Guerra, sino más bien, una alerta sobre lo que se cocina en los púlpitos, en los cultos y en los comedores de un grupo dirigente que promueve el fascismo como mecanismo de ascenso al poder.

El fascismo social, se alimenta de los miedos más comunes, los que produjo la sociedad de la discriminación, el consumo desenfrenado, el hedonismo y la ignorancia, impuestos por el Capitalismo. Según De Sousa (2009) existen al menos cuatro tipos de fascismo Social; el fascismo del apartheid social, es decir, la segregación de los excluidos a través de la división de ciudades en zonas salvajes y civilizadas. El Fascismo paraestatal,  donde actores (individuos o corporaciones) muy poderosos, usurpan, con Estado o sin Estado, los derechos fundamentales de las personas y de las sociedades; Este fascismo tiene dos dimensiones, el fascismo contractual, en donde la discrepancia de poder entre las partes es tal, que la parte más débil se ve compelida a aceptar las condiciones impuestas por la parte más fuerte; y el fascismo  territorial, en donde actores muy poderosos se disputan el control de los territorios, a través de la cooptación o la coacción del  Estado local a la manera de los viejos y nuevos dominios coloniales. La tercera forma, es el fascismo financiero, que controla los mercados, expulsa de sus casas a los deudores, condena a la pobreza a los trabajadores y excluye a los más humildes de los beneficios del mercado.



La cuarta forma de Fascismo social es el fascismo de la inseguridad. Consiste en la manipulación discrecional del sentido de inseguridad  de las personas y grupos sociales vulnerables, debido a la precariedad del trabajo o a causa de accidentes o eventos desestabilizadores (recordar el 11S). Esto produce una fuerte incertidumbre hacia el futuro que lleva a las personas a reducir sus expectativas y a renunciar a sus derechos, con tal de reducir la condición de riesgo. Aquí juegan un papel determinante los negociantes del miedo, los mercaderes del infierno y los prometedores de paraísos. Dentro de los principios comunicacionales de Goebbels (propagandista del Fascismo alemán), encontramos el principio de transfusión, consistente en que “Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas” y no hay herramienta  más fácil de difundirse primitivamente como el miedo.  

Al fascismo social, hay que sumarle otros dispositivos ideológicos del fascismo tradicional, al cual ha estado sometida América Latina en los últimos 500 años; basta recordar el predominio de un solo dios sobre cualquier otro, que legitima matar culturas en nombre de su iglesia; o el fascismo de Género que condena a la mujer a condiciones de sumisión permanente frente al hombre, también muy propio de la tradición judío-cristiana; o al fascismo homofóbico, que en nombre del mismo dios, condena a la exclusión y a la muerte a quienes optaron por opciones sexuales diversas; o el fascismo de la Escuela, que niega la experiencia del niño para imponer las verdades del  maestro; o el fascismo político, que nos condena a reducir las libertades a nombre de la seguridad; o el fascismo de la televisión o el cine que nos enseñó que el “bueno” está legitimado para matar “malos”, “indios”, “comunistas” o incluso desafortunados transeúntes. O el fascismo xenófobo que odia a los amarillos, a los extranjeros, a los negros, a los raros, a los diferentes. O el fascismo del hogar, donde el poderoso padre está autorizado por dios para golpear a su mujer y a sus hijos a nombre de la sagrada institución de la familia. O el fascismo de la propaganda Nazi, con la que se recurre a exacerbar el sentido de incertidumbre humana para cundir el miedo, la rabia y la tergiversación.

Quien ganó con el No? El partido fascista, apoyado en los fascismos sociales de la segregación cultural, social, racial y sexual; quién financió el triunfo del No? el fascismo de las corporaciones que viven del trabajo ajeno pero no lo pagan, que impiden los sindicatos y asesinan sindicalistas;  quiénes se benefician con el triunfo del No? El fascismo territorial de los dueños de la tierra, de los que han suplantado, cooptado y coaccionado a las instituciones para tener más tierras, más armas, más poder; quiénes alimentaron el triunfo del no? El fascismo tradicional de la homofobia, la misoginia y la xenofobia, del patriarcalismo y el machismo impuesto por la ideología de género judío en sus iglesias y en sus cultos. Con qué argumento ganó el no? Con las trampas epistemológicas del fascismo de la inseguridad, que vendió el miedo al homosexualismo como el riesgo supremo de la familia, como si eso tuviera algo que ver con los acuerdos de la Habana.

Esto es una alerta significativa; el rezago cultural, la precariedad del trabajo, la guerra y el estado de inseguridad, han creado una sociedad sumisa y miedosa, dispuesta a dejarse seducir cada vez más por el fascismo político y los fascismos sociales, los nuevos y los clásicos; una sociedad asustada por todo aquello que no está en la doctrina de la Fe. Esa sociedad siempre ha estado ahí, pero el momento de refrendar la superación de la guerra terminó siendo un detonante que nos debe alertar, pues el futuro puede ser, en vez de una era de reconciliación y de paz, una nueva oscura noche de persecución, segregación y violencia de corte fascista.



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lunes, 10 de octubre de 2016

Por qué a una feroz invasión le llamamos descubrimiento?

Por qué a una feroz invasión le llamamos descubrimiento?



Fuimos invadidos, no descubiertos; nosotros ya habíamos descubierto nuestro mundo, nuestra magia y nuestra ciencia, nuestros temores y nuestros anhelos, nuestra vida y  nuestra muerte.

Mauricio Rodríguez Amaya




El nombre de  esta tierra no era América, ni nosotros éramos Americanos; la tierra que pisamos se llamaba Chaxra Yunca, Hicha, pachamama; nuestros abuelos eran chibcha, chacha, calincha, guache, guaricha, cihuati. Somos Americanos porque fue el nombre que nos dio el invasor y que aprendimos a usar, como su lengua, en su lengua y contra ellos a través de su lengua. Como en la metáfora de Calibán, aprendimos su lengua, para combatirlos, para recuperar la dignidad, para no renunciar a la existencia, para que no fueran olvidados nuestros abuelos y nuestras abuelas, en las costas de Santo Domingo y Panamá, las mesetas  de Tenochitlán ni en las intrincadas montañas de la ciudad secreta de Machupichu.

Fuimos invadidos, no descubiertos; nosotros ya habíamos descubierto nuestro mundo, nuestra magia y nuestra ciencia, nuestros temores y nuestros anhelos, nuestra vida y  nuestra muerte; nosotros ya habíamos descubierto la redondez de la tierra y el calendario y los números, la rueda y el destino, la paz y la guerra. La palabra y la escritura habían sido descubiertas también en nuestros pueblos. Nuestros abuelos y nuestras abuelas descubrieron hace más de cinco mil años que la naturaleza es madre hermana hija, que la tierra es madre, que el sol es padre, que la luna es hermana y que la flor es hija y es hijo el jitomate y el maíz y el pan.


Cuando vino el invasor,  no hubo una sola historia, sino muchas, pero ninguna conduce a un descubrimiento. Algunos de los hombres de occidente, asesinaron a nuestros hombres y a mujeres, por la fuerza de la guerra o por traición, con honor algunos y muchos con cobardía y sevicia. Otros se dedicaron a conocer nuestras culturas y a conocernos; incluso en algunos casos muy contados, hablaron nuestra lengua, luego la pervirtieron y nos prohibieron usarla  por siempre jamás. Violaron su palabra, que la nuestra era sagrada; nos impusieron sus leyes y sus escrituras, sus rituales y sus cultos, sus odios y sus demonios; fuimos invadidos, engañados, traicionados, pero nunca pudieron descubrir la magia de nuestras montañas, ni la potencia magnífica de nuestras mariposas, ni la calma de nuestros volcanes, ni la paciencia de nuestras manos.  Nunca pudieron descubrir nuestro encanto natural y nuestra fe en lo profano, en lo vivo, en el universo cósmico que habla con nosotros y para nosotros habla.


La voz de Aymara y Chibcha, retumban en los socavones y en las plazas; no hubo descubrimiento alguno, solo hubo traición, muerte y codicia. No pueden llamar descubridores a los encubridores de un crimen monumental que hoy sigue cobrando vidas en las calles de nuestras ciudades; que sigue imponiendo la muerte, el olvido y la pobreza por toda esta América, que así se llama ahora la tierra nuestra, Nuestra América, la que sigue esperando, con la tranquilidad del abuelo y las esperanza inalterable del niño, a que venga por fin el turno de reescribir dignamente nuestra propia historia, esa que falta contarle al mundo entero para que sepa que fuimos invadidos muchas veces, de mil maneras, pero ni una sola de ellas puede llamarse un descubrimiento.



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sábado, 8 de octubre de 2016

Dr. Vargas Lleras, renuncie a la Vicepresidencia

Dr. Vargas Lleras, renuncie a la Vicepresidencia


Sabe usted que no comparte el proyecto de Paz del actual Jefe de Estado; que usted representa las esperanzas de poder de una fuerza macabra de corte fascista que se empeña estoicamente en echar por la borda los intentos de superar la guerra más antigua de nuestra historia republicana.

Mauricio Rodríguez Amaya
www.bajolamole.blogspot.com


Creo que si queda algo de altura política en su personalidad, su conciencia debe conducirlo inequívocamente a renunciar a la Vicepresidencia de Colombia; Sabe usted que no comparte el proyecto de Paz del Jefe de Estado, que usted camina de la mano de una fuerza macabra de corte fascista que se empeña estoicamente en echar por la borda los intentos de superar la guerra más antigua de nuestra historia republicana. No deje usted que se repita la novela del golpe ultraconservador de Laureano Gómez contra Alfonso López Pumarejo, que su abuelo político (Alberto Lleras Camargo) supo aprovechar hábilmente para convertirse en Presidente de la República y allanar el camino a las fuerzas más retardatarias del país encabezadas por Gómez y Mariano Ospina Pérez.



Es cierto que en la élite colombiana se repiten los nombres y los cargos; usted es un hijo legítimo de esa élite (sus dos abuelos, Carlos Lleras y Alberto Lleras fueron presidentes de Colombia); conoce a profundidad los intríngulis de un poder que se baraja contra la Paz y contra el Progreso, como en las épocas de sus abuelos. Su abuelo político, Alberto Lleras, lleva el triste destino de haber sucedido en la Presidencia al Sr. Alfonso López después de la pugnaz presión ultraconservadora que lo llevó a renunciar. No tiene usted que encabezar vergonzosamente una Presidencia signada por un golpe de Estado que se cocina con mentiras, patrañas y cuyo plan principal es garantizar la continuidad de la Guerra, pues esa ha sido la forma y la fuente del Poder que ha enriquecido por más de un siglo a esa élite, incluyendo por supuesto a su familia.



Usted tiene derecho a tener la aspiraciones de ocupar el Solio de Bolívar, pero no tiene que hacerlo bajo el amparo maligno del grupo más reaccionario de la política colombiana; hágalo como lo hacen los demócratas, renuncie y sométase al escrutinio popular en las próximas elecciones, busque su legitimidad en los votos; no haga parte de esa cocina infernal donde se calienta un golpe de Estado, con la esperanza de que usted, en su condición de vicepresidente, asuma la primera magistratura del País y les devuelva a sus auspiciadores el poder que creen han perdido y que sin duda perderán si se consolida en anhelado sueño de la paz.


Usted es un hombre de Estado, la tradición de su familia le precede, su enorme riqueza le permite darse la pelea entre la élite nacional para garantizar adeptos a sus aspiraciones. No haga parte de la emboscada a la democracia que preparan las fuerzas que lo empujan a mantenerse en la oposición a la paz, aun siendo la segunda persona en importancia dentro de un gobierno que está jugado en superar la guerra de forma definitiva. Si quiere ser presidente, busque el respaldo en las Urnas, no en una camarilla que prepara golpes, y que seguramente hará lo mismo con usted, para reposicionar en el poder al Asesino de los 5000 falsos positivos durante primera década del siglo XXI. No se preste para encochinar la ya maltrecha democracia colombiana, renuncie a la Vicepresidencia de Colombia.


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lunes, 26 de septiembre de 2016

María Paula, el 26 es para no olvidar

María Paula, el 26 es para no olvidar

Mauricio Rodríguez Amaya
www.bajolamole.blogspot.com


¡Tú flotas sobre todo, 
Hija del alma!
José Martí

Fue un 26 de septiembre cuando se firmó la paz, lejos de tu colegio; mientras tu trabajabas en tu proyecto de inventiva, en Cartagena se sellaban los acuerdos que daban fin a más de 50 años de guerra, entre el Estado colombiano y la Guerrilla de las FARC. Tu habías nacido en un país en guerra, yo había nacido en el mismo país, en la misma guerra, no sabíamos lo que era estar en paz. La violencia lo permeaba todo, todo dolía, todo nos costaba el doble. Había mucho dolor y resentimiento en nuestro país; mucha gente aún no comprendía la importancia de la paz, porque sencillamente nunca la habían visto tan de cerca y otros, más poquitos, porque la guerra les había llenado los bolcillos y vaciado sus corazones.

El sol de Cartagena es de esos soles que no descansa, siempre pica, y ese día 26 era más fuerte aún, más candente, más feliz. Todo brillaba en Cartagena, casi todo el mundo vestía de blanco y las sonrisas eran más lúcidas, en los rostros podía leerse la esperanza, en las tiendas  no se hablaba de otra cosa; la paz había copado todo el aire, toda la tierra, todo el cielo azul.
Ese día vinieron presidentes de muchos países, gente importante, líderes sociales y banqueros, estudiantes y profesores, ministros de Economía y trabajadores sindicalizados, mujeres y hombres; niños, muchos niños cartageneros, que cantarían por la paz, y nos recordarían el derecho que tenían a un mejor futuro. Luego llegaron los discursos; habló el Presidente, hablaron los jefes de la Guerrilla; ambos sellaron el pacto de parar la guerra, ambos conversaron sobre el derecho a vivir sin matarnos, sin tener que ver a las madres y a los padres enterrando a sus hijos, sin secuestros, sin la compaña sempiterna de la muerte.

Luego vinieron las firmas y con ellas, miles de lágrimas, miles de sonrisas, millones de abrazos. Ese día, María Paula, sólo quería verte  a tí, ver en tus ojitos todos los días de mis luchas, verte a los ojos, decirte cono honor que lo habíamos logrado, que llegaría la paz, que ni un día más permitiríamos que vivieras en medio de la guerra. Ese día María Paula, quería abrazarte fuerte, por minutos, por horas, por siempre, para que nunca más olvidaras el abrazo de este sol maravilloso que nos trajo la paz. Ese 26 de septiembre, mientras trabajabas en tu proyecto de inventiva, yo en silencio, con mis lágrimas en los ojos, soñaba con llevarte de la mano, con decirte que tantos años habían valido la pena y que de ahora en adelante, la paz se quedaría con nosotros, hasta hacernos viejitos y contarnos estas historias y darnos otros miles de millones de besos y de abrazos.

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lunes, 19 de septiembre de 2016

Un octubre 3, después de la Guerra

Un octubre 3, después de la Guerra


Mauricio Rodríguez Amaya


Las cosas se parecen al pasado, los pobres seguimos siendo pobres, las multinacionales siguen explotando nuestro carbón, envenenando nuestras aguas con mercurio y destrozando pueblos; todo sigue como ayer, como hace unos años; pero hay algo nuevo, algo poderosamente nuevo, se respira otro aire de esperanza.



Hoy Salí a trabajar, temprano como de costumbre, tomé el transporte de siempre, los mismos rostros, las mismas sillas llenas; algo era más extraño; por alguna razón, más gente venía conversando sobre ayer, sobre los acontecimientos de la mañana y las angustias de la tarde mientras se esperaban los resultados en casi todos los televisores y en todas las radios. En casi todas las ciudades, salvo algunas pequeñas y remotas, había ganado el Sí, un sí de un país entero por la Paz, como una manifestación colectiva del agotamiento que sentimos con la guerra. Había ganado el Sí; cerca de las 7 de la noche, ya los resultados confirmaban un deseo colectivo, una posibilidad peleada y soñada; la diferencia era abrumadora, quienes salimos a votar fuimos muchos, los que votaron por el Sí fueron casi tres veces el número de aquellos que dijeron no.

La tarde estuvo igual; en el almuerzo la paz era el tema y las sonrisas la constante; en la tarde, en el café, todo hablaba de paz, todo hablaba de ganas de parar y superar la guerra. Al final, mientras compartía algunas notas en el cafetín de la ventana grande, dos mujeres, trabajadoras treintañeras, simpáticas, discutían fervorosamente sobre el tema, ellas conversaban sobre la síntesis de este escrito que aún no había nacido. La mayor dijo, pues al fin y al cabo,  todo sigue igual, hoy me tocó madrugar igual y trabajar como si nada; nada ha cambiado; la chica, la más joven, respondió, sí, tienes razón, todo sigue igual, pero no podrás quitarme, al menos por hoy, la sonrisa que produce esta nueva esperanza.

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jueves, 8 de septiembre de 2016

Mi voto será por Osar, porque él diría que Sí


Mauricio Rodríguez Amaya

El 13 de Septiembre de 2008, los paramilitares del Gobierno de Alvaro Uribe Vélez asesinaron a mi hermano Oscar Orlando Rodríguez Amaya; una mañana sofocante en una calle desolada de Cúcuta; los paramilitares que Uribe desmovilizó sin proceso judicial alguno, convertidos en “vigilantes de barrio” a través de empresas privadas de seguridad, cumplieron las amenazas que tiempo atrás habían hecho de eliminarlo. Era la época del Terror uribista, de la legalización de las bandas paramilitares, de la impunidad, del miedo. Ese 13 de septiembre, Oscar murió acribillado cerca de su casa; el amigo que caminaba con él, aún yace cuadripléjico a la espera de su propia suerte, sin destino, sin vida pero respirando, pegado de la esperanza de ver en la cárcel a los asesinos.  

Oscar es una de las miles de víctimas del régimen de terror y odio que impuso Alvaro Uribe Vélez y los grupos paramilitares, no solo cuando fue presidente, sino desde que promovió su legalización a través de las Convivir.  Uribe representa ese sector del Poder que ha construido su discurso, su riqueza y su legitimación política en nombre de la muerte, de la muerte de los más humildes, de los jóvenes que no alcanzaron a concretar sus esperanzas; de los campesinos que murieron arañando la aridez de un país que olvidó el campo, de los líderes sociales y comunitarios, de los indígenas, de los artistas como mi hermano, que no pudieron ver crecer a sus hijos en un país en paz. La guerra es el factor detonante de su poder, la muerte su principal arma y los capitales ilegales la gasolina que alimenta su maquinaria.


Si las balas miserables de los paramilitares del gobierno de Uribe Vélez no hubieran terminado abruptamente la vida de Oscar, estaría rapeando sus  líricas, construyendo parrafadas enteras de canciones, discutiendo en algún buen sitio, sobre la importancia de consolidar la paz, estaría pensando en que por fin, nuestros hijos, se merecen un país donde el terror no lo domine todo, donde valga la pena la esperanza y donde el pan pueda volver a las mesas humildes en cada rinconcito de la patria.  Si Oscar estuviera entre nosotros, sería un compulsivo promotor del Sí, un abnegado combatiente de la paz. Porque si de algo estoy absolutamente convencido, es que entre las miles de voces que la guerra calló, clama la de Oscar pidiendo paz, cantándole a la paz y denunciando a los que insisten en hacer sus glorias a costa del dolor ajeno. El 2 de Octubre, votaré por Oscar, porque si estuviera aún entre nosotros, andaría calle a calle, tarima por tarima, letra a letra, promoviendo el Sí. #SíalaPAZ #VotoSÍ.